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Educación y justicia

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Los dos menores de Ripollet que asesinaron premeditadamente a su compañera del instituto ya están en libertad. Ah, los privilegios de la juventud. En el orden social establecido están contemplados los excesos de los jóvenes. El paripé adulto de llevarse las manos a la cabeza forma parte de ese acuerdo tácito. Se les permite toda clase de subnormalidad (pues ¿qué es un joven sino un retrasado, una mente básica?), se les permite incluso la violencia más vil. La sociedad responde por ellos, y a cambio en cuestión de años ellos tendrán que responder por la sociedad. Mientras tanto pueden destrozarlo todo para celebrar la victoria de su equipo (o sólo por diversión), pegarle fuego a un mendigo y grabarlo con el móvil, regodearse en el sadismo más cruel y la chulería más grotesca. Todos hemos hecho de las nuestras, no somos santos. Las generaciones, en ese sentido, no evolucionan. Los mismos idiotas de toda la vida. Está previsto que para esos jóvenes idiotas llegará el día en que lo único que cuente será la solvencia económica, y entonces de poco les servirán sus bravatas y gamberradas de juventud.

Dos jóvenes se abrazan en el funeral.

Sin embargo, me parece a mí, hay travesuras y travesuras. Me imagino al educador que les han asignado a esos imberbes asesinos de Ripollet. Me lo imagino diciéndoles: no, chicos, eso no se hace. Tal vez les explica que si siguen el ejemplo de los Latin Kings y forman una Asociación de ex Asesinos que condenan el Asesinato hasta podrían recibir subvenciones. Vaya chollo. Pero yo creo, y esto va para educadores y jueces, que ése no es el camino. Cada vez que me entero de que unos cabezas rapadas han dejado en una silla de ruedas a un inmigrante más me convenzo de ello. Hay excesos y excesos. Una cosa es la violencia de género, en un contexto de tensión conyugal, o la violencia de un enfrentamiento entre bandas. Aquí sí se justifica la libertad vigilada con educador a domicilio. Incluso se la concedería a aquel pobre (pobre en todo sentido, material y espiritual) macarra feo de cojones que años atrás agredió a una chica ecuatoriana en el metro de Barcelona. Si fuese juez y me apuras, también le daría una oportunidad a aquellos púberes infelices que le prendieron fuego a una anciana en un cajero electrónico, pues no lo habían planificado: fue un pronto, y una cosa llevó a la otra y ni siquiera vieron las cámaras. Pero cuando unos ultras, esa lacra de criaturas que quién sabe cómo consiguen andar sobre dos extremidades, salen en grupo con navajas y bates de béisbol en busca del más débil, un tipejo de piel oscura o un pacifista melenudo, para asegurarse de que tenga que comer con pajita el resto de su vida, me parece que las sentencias deberían ser un poquito más rigurosas. Aunque sólo fuera como modo de condena a esa cobardía rastrera que no le hace justicia a nuestra inmemorial gallardía ibérica.

Menores muestran el dolor.

El tema es que me da la impresión de que esta clase de mandriles violentos son muy útiles, y por eso la sociedad es permisiva con ellos. Los clubes de fútbol los miman (los ultras del Estrella Roja de Belgrado eran el brazo armado de los peces gordos del comunismo). La policía y las empresas de seguridad siempre necesitan gente así, simia y dispuesta a dar palizas. La televisión explota el morbo de su inquietante presencia (el medio mete miedo), y los periodistas los entrevistan con el rostro cubierto en lugar de denunciarlos y cumplir con su vocación de chivatos de la cámara oculta. Pero cada vez que veo un reportaje o leo algo sobre las hazañas de estos sujetos experimento absurdas fantasías de violencia, peliculeras y justicieras, en las que acabo con todos ellos. Me los cargo con armas de fuego, claro, y a tomar por saco con sus herramientas de caza prehistóricas. Pero luego me sereno y comprendo que ésa no es la manera. No, señor. No soy yo quien debería ensuciarse las manos. Para eso hay un código penal, pienso, convencido de que si realmente queremos (sólo si queremos) encontrar una solución a este fenómeno de violencia más o menos juvenil, premeditada y alevosa, es la pena de muerte.

Ya sé, ya sé que vivimos en el siglo XXI en el Occidente más moderno y civilizado. Ésa es la pega principal, pues a estas alturas veo poco viable la aplicación de ejecuciones ancestrales, de muertes lentas y dolorosas con torturas y castigos previos. Lapidación pública, azotes, muerte a garrote vil (ideal para gente vil, reemplazando los garrotes por sus propios bates de béisbol). Me temo que, por mucho que se reformara el código penal, tendríamos que conformarnos con prepararles una inyección letal o una horca de mala muerte. Pero ¿a qué sería divertido, por ejemplo, enviarlos con sus esvásticas a la Alemania de 1939?, se las meterían por el culo en cuanto se descubriera de qué latitudes nada arias provienen, y después harían jabón con ellos. En fin, animo a mis lectores a pensar más penas de muerte para ultras y cabezas rapadas, podéis añadirlas en comentarios. Y no me vengan con los Derechos Humanos y todo ese rollo. Créanme, sólo así se haría justicia. Y dando el ejemplo contribuiríamos a la educación. Os aseguro que el resto de los mandriles la próxima vez se lo pensaría dos veces.

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¿Ahora los tiburones blancos son psicópatas? WTF?

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Al hilo de este artículo con el que hoy nos ameniza Publico:

tiburonLos tiburones blancos cazan como los psicópatas

Un equipo de investigadores utiliza un “perfil geográfico” para estudiar sus costumbres depredadoras.

Las series policíacas de televisión muestran cómo los agentes estrechan el cerco alrededor de los asesinos en serie mediante una técnica metódica y minuciosa, estudiando sus lugares de actuación y buscando patrones que ayuden a localizar la base del criminal y a predecir su próximo golpe. (Ver artículo completo)

Aprovecho para  tocar un asunto que hace años me pica mente y espíritu como un mosquito trompetero.

Ni siquiera me dejo amedrentar por el prestigio y solidez de las fuentes que menciona el diario. Mientras Science o Nature no se hagan eco de semejante estupidez, no pienso pasar por el aro. ¿Cómo es posible que a esas alturas de película sigamos pretendiendo igualar conducta humana y animal, y nos quedemos tan anchos? Nunca se puede medir el comportamiento animal desde nuestro propio punto de vista. Es más, ni siquiera puede medirse el comportamiento de una cebra e igualarlo por ejemplo con el de una hormiga.

Tiburon

En tanto que animales (racionales, y a veces no mucho) mantenemos en común con nuestros compañeros de planeta una serie de instintos innegables. Eso es una cosa, pero otras muy diferentes son:

1) Ennoblecer injustamente a ciertas especies y animales (león, tigre, elefante, rinoceronte, guepardo) en detrimento de otras (hiena, buitre, mantis religiosa, ñu, orca, tiburón) atribuyéndoles falsos calificativos de nobleza, valentía, heroicidad, a los primeros, cobardía, instintos homicidas en la mayoría de los casos a los segundos (¿orca asesina? ¿tiburones psicópatas? ¿buscadores de basura? por favor…). De ello son “culpables” muchos de los magníficos documentales de naturaleza que todos hemos visto, y que, a fin de contar con la audiencia debida, crean un guión incluyendo la suficiente tensión emocional como para interesar al espectador. A ese espectador que a veces no es capaz de diferenciar un guión creado de la cruda realidad: instinto de supervivencia.

perro vestido2) Fomentar a través de ridículas líneas de productos de belleza la crianza y el cuidado de animales de compañía como si fueran bebés y no lo que son. Perros, gatos, pájaros, hamsters… Empiezo a estar cansada de dueños enfermizos vistiendo, alimentando (hasta la obesidad), perfumando (wtf), tiñendo (idem), en suma, conviviendo con un pobre animal de compañía como si fuera ese niño que les falta, y obteniendo como resultado en la mayoría de los casos animales enfermizos, tontainas y psicológicamente inestables. Desde antes de empezar a andar he adorado a los  perros y a cualquier animal en general, y los que hemos tenido en casa siempre han sido parte de la familia, pero sin dejar de ser lo que son, ellos perros o gatos y nosotros personas.

Por último, el cine se ha encargado también de encumbrar a unos cuantos bichos. Resulta inevitable mencionar inolvidables como Tiburón, King Kong, Orca la ballena asesina o Aracnofobia, aunque hay muchas más.

Con este mix de datos, es fácil que el público en general se quede en la superficie, piense que es fácil comparar a los animales con nosotros, les vista con trajecitos, los llame asesinos según corresponda, o… en el caso del 90% de los niños… cuando se les pida que dibujen un pollo, lo hagan así…

pollo

Y ya es triste, oigan, ya es triste…

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